lunes, 9 de julio de 2012
Sistema desarrollado desde 1983 que promete alto rendimiento
Qué te pasa perro culiao
Hace un rato pensaba que si en Chile hubiera perros en vez de personas sería habitual escuchar todos los días a gente diciendo "no, pero mi bisabuelo era pastor alemán" y "soy una mezcla de basset hound con siberiano" y "mira su hijo qué lindo, parece un cocker de verdad". La weá patética, si somos puros quiltros.
sábado, 7 de julio de 2012
Osteoporosis
Para Coni Arellano
Hace un tiempo vi una película, cuya frase principal era: mientras no elijas, todo es posible.
Lo que no decía la película era que si te demoras mucho en elegir te quedas sin nada. Así no más. Perdiste. Por weón.
Cuando chico me quedaba mirando los dulces de los negocios, pensando en cuál era el que de verdad quería comer. Mi papá me decía que me apurara pero yo tenía que pensarlo mucho para no elegir mal. Porque era chocolate o helado o galletas. No podía tenerlo todo y necesitaba estar seguro de que lo que dejaba afuera no era mejor que lo que llevaba. Al final mi papá se aburría y nos íbamos sin comprar ni chocolate ni helado ni galletas.
Igual que la vez que fuimos a Felicilandia o algo así y teníamos poca plata así que cada uno solo podía subir a un juego. Cuando por fin me decidí por el carrusel el caballero que lo manejaba dijo que no, que ya estaban cerrando y que la última vuelta fue hace 5 minutos.
Entonces pienso que no elegir es una weá muy tonta porque en la vida real lo que tiene valor es lo concreto y no las posibilidades... y aún así no puedo decidir sin lamentar y hacerle el medio funeral a la posibilidad que boté a la basura.
Por eso, después de años de meditarlo tomé la decisión final. La decisión que me salvará de decidir de nuevo. Con esta me libro del cadáver de la esperanza de una vez por todas.
Voy a convertirme en estatua.
O tal vez no.
martes, 3 de julio de 2012
Inanición
Si revisáramos el historial de su computador encontraríamos páginas con portafolios de modelos polacas y blogs pro ana, pro mía, thinspiration y consejos evitar engordar; masticar hielo, lavarse los dientes antes de cada comida, salir a caminar sin dinero para no tentarse, dormir destapada, cinco litros de agua diarios.
Si revisáramos el archivo de su psicólogo leeríamos cosas como: melancolía del cuerpo de la niñez, obsesión por recuperar a la madre, introversión literal, pulsión de muerte y destrucción del ego por el superyó.
Si revisáramos la parte de atrás de sus cuadernos nos encontraríamos con gorda y culiá escrito por lo menos 20 veces en distintas letras y varios colores.
Si viéramos su cuerpo -que no podemos ver porque siempre está vestida con ropa ancha que lo cubre entero- notaríamos varias cicatrices, costras, quemaduras y huesos que no se ven en los cuerpos de las compañeras de Antonia.
Si pudiéramos ver el futuro de Antonia sabríamos que pronto todo va a mejorar infinitamente en su vida, pero no podemos así que no sabemos. Por ahora nos dedicaremos al presente.
Antonia se levanta a las 6 de la mañana.
Hace 20 sentadillas.
Se quita la polera con la que duerme.
Se mira en el espejo y sonríe al ver sus costillas sin tener que respirar hondo ni hacer ningún esfuerzo.
Se pesa.
Pesa 43 kilogramos y medio.
Llora.
Hace 20 sentadillas más.
Va al baño.
Se sienta a orinar pensando en que no debió comer ayer.
Se ducha.
Se pone el uniforme y se acuesta media hora, sin dormir.
A las 7 y media sale corriendo y le dice a su mamá que va atrasada y no alcanza a tomar desayuno.
Llega al colegio.
Matemáticas.
Nada que hacer.
Contar calorías.
Gorda y culiá. Guatona. Mastodonte. Chancha. Mórbida. Gorda y culiá.
Así pasa el resto del día.
Ahora viene lo interesante. O sea, no tan ahora, pero pronto. Igual hay que leer como si no lo supiéramos.
Sale del colegio.
Empieza a caminar a su casa. Sola, porque ya no tiene amiguitas. Porque no le gusta la gente gorda. Todas sus compañeras comen, por lo tanto todas sus compañeras son gordas. Por lo tanto no tiene amiguitas... aparte de las del blog pro-ana que tiene pero ellas no salen de la pantalla para acompañarla a caminar hasta su casa.
En el camino ve a dos perros apareándose y recuerda algo que la pone de mal humor.
Camina más rápido.
Revisa su mochila mientras camina para ver si le quedan cigarros.
No.
Hay mucho viento y un papel llega a ella.
Lo lee.
Es promoción de un restaurante nuevo.
Lo bota.
Mira al cielo, sin dejar de caminar.
Hay una nube con forma de Reptile, de Mortal Kombat.
Le suena el estómago.
Sonríe, porque piensa que esa es la forma que tiene su cuerpo de agradecerle que no lo llene de grasa.
Gracias, gracias.
Llega a la puerta del condominio.
Saluda al guardia que le dice algo que no entiende.
Llega a la puerta de su casa.
Saca las llaves, y de paso encuentra un cigarro.
Mete la llave en la cerradura.
Se desmaya.
Despierta en la clínica.
Con suero, pero no le importa mucho.
No le importa porque ahora entiende.
Entiende lo que dijo el guardia. Había citado a San Agustín.
Así como toda carencia es desgracia, toda desgracia es carencia.
Antonia será una de esas niñitas que lo entiende, y si pudiéramos ver el futuro la veríamos infinitamente mejor porque se salió de la espiral (no sin despertar en la clínica varias veces más, los cambios no ocurren de la noche a la mañana).
Infección urinaria
En segundo básico tenía una compañera -no recuerdo su nombre- que pedía permiso para ir al baño cada media hora, aproximadamente.
Un día la profesora le dijo que no y ella empezó a llorar y a sacarse el pelo con las manos. Fue la última vez que le dijo que no.
Dos semanas después del incidente yo también pedí permiso para ir al baño. Yo no mentía nunca, y esa vez no fue la excepción. No especifiqué a qué iba al baño, o a qué baño iba. El arte de omitir.
Entré al baño de mujeres y me agaché para mirar los pies que había en el único cubículo que estaba ocupado. Era ella y hablaba con alguien. Estaba llorando y decía: llévame luego papito, me aburro mucho esperando. Llévame, llévame.
Me quedé escuchando un rato más pero solo repetía eso y se tragaba los mocos para seguir sollozando y pidiendo que se la llevaran. Yo ya me había parado para irme cuando ella dejó de llorar y me dijo desde adentro que si le decía a alguien lo que escuché me iba a acusar de haber entrado al baño de mujeres.
Ahora escribo esto porque probablemente su papito ya se la llevó y no me puede acusar.
Por dos puntos diferentes sólo pasa una línea recta (Libro I, postulado 1)
¿Se han fijado en el ruido que hacen las micros antes de parar? Si no lo han hecho, traten de escucharlo la próxima vez que se suban a una y piensen en la micro no como una máquina, piénsenla como una bestia completamente domada. Un animal metálico que se queja y a veces se cansa y no quiere andar.
"¿A dónde va esto?" se preguntarán. Esa es precisamente la particularidad del relato en comparación con otros relatos: no va a ninguna parte. Empieza y termina con la micro gimiendo y anunciando que ya no quiere seguir andando. Que se va a quedar ahí.
Yo estaba sentada al final, al lado derecho. Me gustaba ese asiento, tiene buena vista cuando uno va de vuelta (se puede ver el mar) y no es demasiado complicado bajarse, aún en caso de que la micro vaya muy llena.
Iba escuchando música así que no me di cuenta de nada hasta que una señora de unos cuarenta y cinco años que estaba sentada a mi izquierda me tocó el hombro. Tenía cara de asustada. Paré la música y la señora me preguntó si me venía seguido en esta micro y si era normal que hiciera tanto ruido. Le dije que no. Que no sabía. Que ahora iba a ver a mi abuela. Que casi nunca tomaba micro, y menos esta.
La micro empezó a perder velocidad y a hacer más ruidos parecidos a llantos o gemidos, hasta que finalmente se detuvo y no anduvo más. Eran como las siete, pero como era invierno ya estaba oscuro. Estábamos en una carretera, pasado de Concón.
La gente empezó a hacer comentarios y a murmurar y chiflarle al chofer. El pobre ya empezaba a transpirar, más de dos minutos tratando de poner el bus en marcha de nuevo.
Entonces pasó. O no pasó. Depende de la actitud que cada pasajero tenga frente a la vida.
El chofer abrió las puertas pero cuando iba a bajar se quedó como congelado.
Pasaron varios minutos pero ya nadie decía nada. Le quise hablar a la señora de al lado pero me recorrió una especie de escalofrío que me hizo cerrar los ojos y decidí esperar.
Horas después todo seguía en silencio, como si cualquier palabra fuera a llamar a cualquier habitante peligroso del bosque. Como si articular una palabra fuera llamar a la misma muerte.
Al final -o al principio, o al desarrollo- nos quedamos así, sin movernos ni trasladarnos ni llegar a nuestros destinos. No pasó nada más.
Todos estábamos cansados la verdad. Si aún se tiene ese afán por buscar conclusiones o moralejas, se puede decir que no hay que meter mucha gente cansada en una lata con ruedas, que se le pega.
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