Si revisáramos el historial de su computador encontraríamos páginas con portafolios de modelos polacas y blogs pro ana, pro mía, thinspiration y consejos evitar engordar; masticar hielo, lavarse los dientes antes de cada comida, salir a caminar sin dinero para no tentarse, dormir destapada, cinco litros de agua diarios.
Si revisáramos el archivo de su psicólogo leeríamos cosas como: melancolía del cuerpo de la niñez, obsesión por recuperar a la madre, introversión literal, pulsión de muerte y destrucción del ego por el superyó.
Si revisáramos la parte de atrás de sus cuadernos nos encontraríamos con gorda y culiá escrito por lo menos 20 veces en distintas letras y varios colores.
Si viéramos su cuerpo -que no podemos ver porque siempre está vestida con ropa ancha que lo cubre entero- notaríamos varias cicatrices, costras, quemaduras y huesos que no se ven en los cuerpos de las compañeras de Antonia.
Si pudiéramos ver el futuro de Antonia sabríamos que pronto todo va a mejorar infinitamente en su vida, pero no podemos así que no sabemos. Por ahora nos dedicaremos al presente.
Antonia se levanta a las 6 de la mañana.
Hace 20 sentadillas.
Se quita la polera con la que duerme.
Se mira en el espejo y sonríe al ver sus costillas sin tener que respirar hondo ni hacer ningún esfuerzo.
Se pesa.
Pesa 43 kilogramos y medio.
Llora.
Hace 20 sentadillas más.
Va al baño.
Se sienta a orinar pensando en que no debió comer ayer.
Se ducha.
Se pone el uniforme y se acuesta media hora, sin dormir.
A las 7 y media sale corriendo y le dice a su mamá que va atrasada y no alcanza a tomar desayuno.
Llega al colegio.
Matemáticas.
Nada que hacer.
Contar calorías.
Gorda y culiá. Guatona. Mastodonte. Chancha. Mórbida. Gorda y culiá.
Así pasa el resto del día.
Ahora viene lo interesante. O sea, no tan ahora, pero pronto. Igual hay que leer como si no lo supiéramos.
Sale del colegio.
Empieza a caminar a su casa. Sola, porque ya no tiene amiguitas. Porque no le gusta la gente gorda. Todas sus compañeras comen, por lo tanto todas sus compañeras son gordas. Por lo tanto no tiene amiguitas... aparte de las del blog pro-ana que tiene pero ellas no salen de la pantalla para acompañarla a caminar hasta su casa.
En el camino ve a dos perros apareándose y recuerda algo que la pone de mal humor.
Camina más rápido.
Revisa su mochila mientras camina para ver si le quedan cigarros.
No.
Hay mucho viento y un papel llega a ella.
Lo lee.
Es promoción de un restaurante nuevo.
Lo bota.
Mira al cielo, sin dejar de caminar.
Hay una nube con forma de Reptile, de Mortal Kombat.
Le suena el estómago.
Sonríe, porque piensa que esa es la forma que tiene su cuerpo de agradecerle que no lo llene de grasa.
Gracias, gracias.
Llega a la puerta del condominio.
Saluda al guardia que le dice algo que no entiende.
Llega a la puerta de su casa.
Saca las llaves, y de paso encuentra un cigarro.
Mete la llave en la cerradura.
Se desmaya.
Despierta en la clínica.
Con suero, pero no le importa mucho.
No le importa porque ahora entiende.
Entiende lo que dijo el guardia. Había citado a San Agustín.
Así como toda carencia es desgracia, toda desgracia es carencia.
Antonia será una de esas niñitas que lo entiende, y si pudiéramos ver el futuro la veríamos infinitamente mejor porque se salió de la espiral (no sin despertar en la clínica varias veces más, los cambios no ocurren de la noche a la mañana).
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