martes, 3 de julio de 2012

Por dos puntos diferentes sólo pasa una línea recta (Libro I, postulado 1)


 ¿Se han fijado en el ruido que hacen las micros antes de parar? Si no lo han hecho, traten de escucharlo la próxima vez que se suban a una y piensen en la micro no como una máquina, piénsenla como una bestia completamente domada. Un animal metálico que se queja y a veces se cansa y no quiere andar.
"¿A dónde va esto?" se preguntarán. Esa es precisamente la particularidad del relato en comparación con otros relatos: no va a ninguna parte. Empieza y termina con la micro gimiendo y anunciando que ya no quiere seguir andando. Que se va a quedar ahí.
  Yo estaba sentada al final, al lado derecho. Me gustaba ese asiento, tiene buena vista cuando uno va de vuelta (se puede ver el mar) y no es demasiado complicado bajarse, aún en caso de que la micro vaya muy llena. 
 Iba escuchando música así que no me di cuenta de nada hasta que una señora de unos cuarenta y cinco años que estaba sentada a mi izquierda me tocó el hombro. Tenía cara de asustada. Paré la música y la señora me preguntó si me venía seguido en esta micro y si era normal que hiciera tanto ruido. Le dije que no. Que no sabía. Que ahora iba a ver a mi abuela. Que casi nunca tomaba micro, y menos esta.
  La micro empezó a perder velocidad y a hacer más ruidos parecidos a llantos o gemidos, hasta que finalmente se detuvo y no anduvo más. Eran como las siete, pero como era invierno ya estaba oscuro. Estábamos en una carretera, pasado de Concón. 
 La gente empezó a hacer comentarios y a murmurar y chiflarle al chofer. El pobre ya empezaba a transpirar, más de dos minutos tratando de poner el bus en marcha de nuevo.
 Entonces pasó. O no pasó. Depende de la actitud que cada pasajero tenga frente a la vida.
 El chofer abrió las puertas pero cuando iba a bajar se quedó como congelado.
 Pasaron varios minutos pero ya nadie decía nada. Le quise hablar a la señora de al lado pero me recorrió una especie de escalofrío que me hizo cerrar los ojos y decidí esperar.
 Horas después todo seguía en silencio, como si cualquier palabra fuera a llamar a cualquier habitante peligroso del bosque. Como si articular una palabra fuera llamar a la misma muerte.
 Al final -o al principio, o al desarrollo- nos quedamos así, sin movernos ni trasladarnos ni llegar a nuestros destinos. No pasó nada más.
 Todos estábamos cansados la verdad. Si aún se tiene ese afán por buscar conclusiones o moralejas, se puede decir que no hay que meter mucha gente cansada en una lata con ruedas, que se le pega.


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